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No dejes que el consumo te consuma

El consumismo como definición de la compra compulsiva de productos innecesarios carente de criterios, sin más finalidad que la de satisfacer deseos superfluos e inútiles en todos sentidos, es una de las derivas más cotidianas e influyentes de la ideología neoliberal que sostiene el sistema de mercado capitalista. El consumismo, que cala hasta los huesos en la sociedad capitalista, mantiene el ritmo de producción del sistema industrial y de servicios que el capitalismo necesita para no desmoronarse. Esta práctica del consumo desenfrenado e irracional es imprescindible para el sistema capitalista actual, y como tal es potenciado a más no poder por los intereses económicos que de ahí subyacen.

Los medios de comunicación de masas, la TV, periódicos, radios…, generan necesidades consumistas constantemente. Crean deseos e intereses banales que sólo el gasto del dinero en las empresas del mercado capitalista, sobre todo en las multinacionales, pueden saciar. Los intereses capitalistas a través de los Mass Media nos hacen querer comprar cada cosa que vemos anunciada en la TV, se inventan días de consumo y con ellos la necesidad de consumir esos días, se inventan modas que se imponen en la conciencia colectiva, etc. Y todo esto basándose en igualar nivel de consumo a nivel de afecto y calidad de vida, haciéndonos creer que las carencias afectivas, relacionales y vitales en general que tenemos se pueden suplir con objetos o servicios, es decir, con dinero. El consumismo, en definitiva, convierte el consumo en un objetivo gracias a la falsa idea que los Mass Media han implantado en nuestras cabezas desde pequeñxs de que Tener es igual a Ser Feliz.

El consumismo borra todo pensamiento crítico que nos pueda hacer plantearnos qué es en realidad la felicidad para cada unx de nosotrxs dando ya por hecho e imponiendo con el bombardeo constante y masivo de los medios de comunicación su sentencia de que la felicidad se obtiene con cosas. Esta sentencia implícita en la mentalidad consumista de la sociedad capitalista es de las más peligrosas de todas, si no la más, ya que implica todo un sistema de esclavitud social y laboral necesario para mantenerlo: Ten un trabajo (vende tu tiempo y tu esfuerzo) para tener una casa (tener un derecho básico a cambio de tiempo de trabajo para tu jefe), una familia (imponiendo que tienes que llegar a tener una familia modelo como forma de realización personal), y todas las cosas que la TV, periódicos, radios, etc. digan que son necesarias para una vida civilizada, moderna… “feliz”. O en otras palabras: Vivir para trabajar mientras te hacen creer que trabajas para vivir. Ser unx esclavx mientras crees que estás haciendo lo que quieres hacer.

El consumismo y los roles sociales

Además de todo esto, el consumismo, como derivado del mercantilismo capitalista que es, no hace otra cosa que perpetuar los roles socioculturales establecidos. En una sociedad capitalista donde todo se rige en función del poder adquisitivo de cada grupo social, o lo que es lo mismo, por las diferentes clases socioeconómicas, la producción está orientada a mantener estas diferencias. Así, la producción se orienta a reproducir y perpetuar los valores capitalistas imperantes de competitividad, vanidad, jerarquía, etc. Todo esto genera una producción absurda de artículos y servicios inútiles, de mala calidad, insalubres… Con su correspondiente desperdicio de recursos materiales, naturales y humanos. Ejemplos son la inmensa cantidad de artículos plásticos de ínfima calidad elaborados por personal enormemente explotados en países generalmente asiáticos que no generan más que contaminación, destrucción del medio, explotación laboral y una utilidad completamente limitada, si no inexistente; o los placebos mercantilizados por las farmacéuticas para saciar los síntomas de la falta de perspectivas y desarrollo personal que esta mentalidad capitalista nos infunde.

El capitalismo también está apoyado en el patriarcado como modelo de diferencia social basado en una categorización cultural de géneros y asignándole a cada cual unos roles concretos que conlleva a un sistema de dominación en función de género. Y el consumismo, como aplicación de los valores sociales que es, no hace más que acentuar y perpetuar esos roles diferenciadores de género. Es muy fácil poner un ejemplo acerca de cómo se generan estas diferencias sexistas en los juguetes orientados a lxs niñxs pequeñxs: juegos de cocinas, bebés, y cuidados en general para las niñas; y juegos de acción, de coches, de dominio del espacio público en general, para los niños. El modelo consumista deja ver sin lugar a dudas que vivimos en una sociedad que basa su asignación del valor social en la perpetuación del Status Quo. Cuanto más tienes más valor social adquieres. Y esto no hace más que llevarnos a desear tener la posición de quienes tienen más, sin pararnos a pensar en ningún momento que quienes ostentan esas posiciones sociales elevadas lo hacen a costa de la explotación y opresión del resto. El modelo consumista del capitalismo actual perpetúa en la sociedad un valor férreamente competitivo que nos lleva a aspirar finalmente a convertirnos en explotadores (cosa que reproducimos en nuestro entorno social, con nuestrxs hijxs, amigxs, entorno natural, el resto de animales…) y a eliminar cualquier resquicio de sentido solidario, cooperativo, empático, o de ayuda mutua.

Como personas que no queremos explotar ni ser explotadas a nadie ni por nadie, que entendemos que la cooperación es la manera más adecuada para conseguir objetivos que sólas no podríamos jamás, y que no queremos basar nuestras vidas en alimentar al monstruo del consumismo ni desperdiciarlas casi por completo en un puesto de trabajo, es nuestro propio deber y responsabilidad pararnos a pensar cuáles son nuestras alternativas, cómo organizar ese apoyo mutuo para cubrir nuestras necesidades. Quizá lleguemos a entender que son esas necesidad precisamente las que debemos cuestionar, replantear, eliminar todas las que son creadas por la propaganda capitalista para incitarnos a caer en su vorágine económica, y, una vez puestas éstas en cuestión, podremos plantear en cada uno de nuestros casos concretos cuál es la mejor opción organizativa que podemos tener para no vernos obligadas a seguir vendiendo nuestras vidas. En definitiva, somos responsables de no dejar que el consumo nos consuma.

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