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La NADA de Sergio Urrego

Yo conocí a Sergio no por marica, sino por anarquista. Y a pesar de que son aspectos que en muchas ocasiones se relacionan, en este caso no fue de mi interés su orientación sexual. Quiero aclarar que él era abiertamente pansexual (no gay). Más allá de eso preferíamos discutir de autogestión, de apoyo mutuo y de teoría libertaria, en general. Claro: su muerte se dio por su condición sexual, pero su activismo siempre giró en torno al anarquismo.

El suicidio de Sergio fue un grito de ¡basta!, que seguramente se escuchó tanto en este mundo de vivos como en la Nada de los muertos. Ah, porque también era ateo, y sí que discutimos acerca de dios. Sin embargo, esta columna no es de ateísmo, así que prosigo.

Soy un año mayor que él, pero siempre me impresionaron sus conocimientos. Era un tipo culto, conocedor y rebelde. Como dijo Bakunin, el ser humano tiene tres principios fundamentales: “1° la animalidad humana; 2° el pensamiento, y 3° la rebeldía”. Qué mejor ejemplo que Sergio Urrego.

Tal y como se ha dicho hasta el cansancio, fue la sociedad en la que vivimos, equipada con estándares y moldes para humanos, la que empujó al joven anarquista a su muerte. Muchos de los valores que ciertas personas pregonan son condicionamientos que debemos seguir para poder ser llamados normales. ¡Y qué tan normales son ellos! Una sociedad tan colapsada como la colombiana no tiene derecho a decir quiénes son normales y quiénes no.

Al fin y al cabo, si somos humanos y tenemos pensamiento, entonces tenemos la necesidad de ser libres. Y me refiero a ser libres en vida, lo que Sergio no pudo ser. El amor no es algo que podamos encasillar, y mucho menos el de una persona ajena a nuestro propio cuerpo. Tampoco la ideología política, o la espiritualidad, o el color de piel, o el aspecto físico, o el género. En fin.

Creo que el suicidio de Sergio también fue un deseo innato de libertad; de aquella libertad que nos da la no-existencia. Ahora es libre y en la Nada seguramente está amándose con un hombre, una mujer o hasta un trans. Allá sí estará viviendo la utopía anarquista, puesto que en la Nada probablemente no hay nadie por encima de él ni debajo. Allá estará discutiendo sobre el amor libre, sobre dios, sobre el Estado o sobre cualquier otro aspecto vinculado al ser humano. Quizás él sepa ya si el cuerpo es una prisión del alma o ambas son la unidad constitutiva de lo vivo. Quién sabe.

Sea como sea, él está en otro lado y nosotros los vivos, en este. Su suicidio, que yo propongo que lo veamos como un grito de libertad y de hastío, debe seguir resonando día tras día en nuestro actuar, nuestro modo de pensar y nuestra concepción de la existencia. Si esto queda impune será triste y trágico (así es la justicia en Colombia: triste y trágica), pero más triste sería que en nosotros, los de a pie, no quede una reflexión real y sincera.

Así que no pidamos más que Sergio descanse en paz. Más bien procuremos que quienes están en una situación parecida… puedan vivir en paz.

Juan Camilo Rodríguez Guerra